Wednesday, May 02, 2007

IT'S ON!

Ha pasado algún tiempo desde la última vez en que publiqué algo en este medio. De hecho, en lo que va del año, he publicado un promedio de 1 o 2 veces por mes. En otros tiempos, ese era mi promedio por día.

¿Por qué? Porque las cosas cambian. Las prioridades cambian. Pero a la vez, me exijo no dejar morir este espacio, porque por años fue mi canal para expresarme, para decir lo que pienso, para hacer catarsis, para dejar salir todo, lo bueno y lo malo, todo aquello que hace presión sobre mi alma. Con el tiempo estoy aprendiendo a que me importe menos y menos el qué dirán, aunque es algo que me ha costado toda la vida. En Diciembre, Sabrina dijo que me veía cambiado para bien. Creo que es cierto. Adriana ha sido una influencia positiva en mi existencia, una columna que me sostiene cuando todo parece venirse abajo. El último listón de cordura que me fija a este loco mundo descontrolado. Gracias a ella es que tengo esta hermosa y nueva computadora desde donde escribo esto. La computadora ha demostrado tener algunos extraños hábitos, pero igual me hace inmensamente feliz poder hacer todo lo que hacía antes, pero sin tener que esperar eternidades, sin tener que ver cómo a la palabra número 438 la pantalla se congela, y los gritos de mi alma son silenciados por un deseo de sopor de la máquina. Nunca más. Y eso es, como tantas cosas, gracias a Adriana.

Amanda Palmer se pregunta en su blog si la tal vez excesiva comunicación que nos permite internet no carece de bases si no se vive la vida real. Definitivamente apunta hacia una respuesta verdadera, y es una de tantas cosas que vengo masticando hace meses. En este mundo post-globalizado, donde tener una reunión remota es algo de todos los días, donde los equipos de trabajo están basados en múltiples ubicaciones mundiales, donde estoy a segundos de hablar con mis conocidos y familiares en Alemania, y mis superiores en New Jersey o Kansas City, Estados Unidos, donde puedo chatear con decenas de amigos y conocidos por día, repartidos por todo el globo... en este mundo... muchos están cada vez menos comunicados. Y en esta ocasión no planeo tomar el camino que lleva a hablar de la desigualdad social. Tal vez lo haré en otro momento, tal vez no. Me refiero, empero, a aquellos que, como teme Amanda, están hipercomunicados, pero a la vez no tienen conexión con nada. Algo que veo con sumo horror hace tiempo es como la amistad de muchos se reduce sólo a un conjunto de firmas digitales al pie de un mensaje como éste (pero tal vez más corto). Hay gente que deja de comunicarse sino es a través de estas firmas. Ya levantar el teléfono parece haberse convertido en demasiado esfuerzo. Y el teléfono es sólo un pálido reflejo de lo que es realmente encontrarse con una persona, respirar el mismo aire, darse un beso, un abrazo. Ese contacto, amigas y amigos, eso es lo que veo que se está perdiendo. Nuestra tecnología e hipercomunicación parece corroerlo, alimentarse de ello, y no dejar más que restos, bits y bytes en algún servidor en un rincón lejano de nuestro gigantesco mundo.

Afuera crecen mis plantas, y el pasto. A veces toco la tierra, tan real. Tan poco digital. Tan poco tecnológica. Pero yo amo la tecnología. Amo el milagro de poder conversar con un perfecto extraño de Australia, originario de Nueva Zelanda, que me dice que vino a Argentina cuando el Austral acababa de imponerse. Me maravillo cuando juego, como si fuera hombro a hombro, a un juego de estrategia online con una señora de 47 años y un chico de 12. Me fascina poder agradecerle al creador de las hojas de personaje que tanto uso, y terminar teniendo correspondencia, y ver que somos parecidos en algunos aspectos. Me encanta poder guardar todos mis pensamientos y transmitirlos. Me encanta querer escuchar una canción al azar y poder escucharla, gracias a la maravilla de la música digital. Me arriesgo a decir que no puedo imaginar, ya, la vida sin todos estos regalos de la tecnología. Pero no los doy por sentado. No dejo atrás lo que realmente vale. No me arrojo en brazos de la red digital y no me dejo ahogar en el inmenso mar de información. Admiro la luz del sol. Disfruto de la sonrisa de un amigo. Aprecio la voz de mi papá. Recuerdo la memoria de mi mamá. Estoy conectado, tanto con lo moderno, lo tecnológico, todos estos maravillosos avances que nos acercan como nunca en la historia de la humanidad; y a la vez estoy en contacto absoluto con las cosas que siento que me hacen humano.

Si bien la vida tiene, y siempre tendrá, altibajos, y pequeñas derrotas y victorias, y pequeños y grandes obstáculos... cada día estoy mejor. Cada día hay algo más que puedo agradecer. Cada día existe una nueva esperanza, una nueva alegría, que deje un poco más atrás las lágrimas del anterior. Miro hacia atrás, y el camino está lleno de baches, sangre, piedras filosas. Todo lo que dejé atrás, quedó atrás, quedó en el recuerdo, y a veces lo rememoro. A veces extraño esto o aquello, pero el camino adelante es prometedor, tiene algunos baches, algunas piedras, pero también tiene mucha luz, también tiene las caricias de una flor primaveral, la dulzura de una brisa veraniega.

Tengo cicatrices, en todo sentido, pero son cicatrices de heridas que han, en su mayoría, sanado ya, y que me han enseñado. Agradezco por todo lo que se me ha dado, por las lecciones que he aprendido, por todo lo que se me ha permitido vivir. Espero poder vivir mucho más.