
Dejó de caminar. Tomó asiento, porque la caminata había sido larga. Desde el amanecer hasta el ocaso, había caminado por varios días ya. El dolor de su cuerpo, sin embargo, le brindaba una extraña forma de iluminación, posiblemente aquella a la que acceden los ascetas, aquellos que atormentan su carne para desentrañar misterios. Era nuevamente hora de descansar, pero, si bien el cuerpo pedía ya una hora, aunque fuera, de descanso, la mente corría. El objetivo estaba cerca. Su vida, como las de tantos héroes, había sido una gran búsqueda, y esta prometía ser la respuesta; aquello a ser encontrado, aquello que había sido causa de viajes y vejaciones. Caminó silenciosamente por el antiguo pueblo con los pasos de su mente. El pueblo era huella de un tiempo antes de la prehistoria, un tiempo muerto, y olvidado, pero a la vez vivo y vigente. Tales contradicciones parecían ser fácilmente comprensibles por el alma que ha vagado como un fantasma sin sustento por desiertos, por mesetas, por terruños sin vegetación, con una extraña muerte-en-vida en ellos. Ya no recordaba su origen. Ni por qué había salido. Ya nada de su pasado quedaba. Era la pureza del momento, nada más. Era como un sol que todo lo quema, que todo lo purifica con ese fuego que da la vida. Había escuchado a algunos hombres maldecir al Sol, sin comprender que toda vida mana de él; que de él morir, la existencia se iría a la tumba junto con su radiante dadivoso. Se puso de pie de nuevo. Unos momentos de descanso, nada más. Sentía que no merecía más, que debía seguir para poner pie allí y descansar para toda la eternidad. Ingresó corpóreamente al pueblo, y vio que era exactamente como lo había imaginado. Se supo un primigenio habitante de esa vieja cuna de la civilización. Otros hombres hablan de Egipto, de Mesopotamia. Cuando las gentes que poblaron esos lugares plantaron sus pies en ellos, las construcciones ya tenían siglos, tal vez milenios, allí, soñando. Soñando con hombres que las admiraran, que se maravillaran, gigantescas construcciones. Pero más que nada, soñando con hombres que hicieran más como ellas. Encendió una luz para guiarse, porque el Sol se escabullía en el horizonte como agua de un par de manos. Este pueblo, o un pueblo como este, había sido la primera cuna de la humanidad. Pero comprendió, no la primera. Una de muchas. Civilizaciones anteriores se habían hecho polvo antes de que se erigiera el primer edificio de este pueblo. Entendió entonces que nuestra civilización desaparecerá también, y caerá en el olvido, y otra tomará la antorcha, existiendo, prosperando, cuando ésta sea sólo un recuerdo tallado en antiguas piedras, evidenciado por objetos que perderán el sentido. Objetos a los que se le dará uso ritual, sin importar lo mundano de su origen. Podía contemplar a los futuros hombres de ciencia examinando una vulgar afeitadora eléctrica, y tratando de adivinar su antiguo uso. Se puso a pensar, por un momento, mientras seguía mavavillándose con las ruinas, y pensó en aquel poeta, aquel músico, aquel artista loco. Buscaba una ciudad antigua, pero los hombres terminaron creyendo que era sólo producto de su mente afiebrada. Se sentía como ese hombre. Aquellos que buscan un sueño, que persiguen una fantasía, no pueden sino ser repudiados por otros, atados al arado, o a modernos implementos de civilización, que los encadenan más y más. Sin embargo, todo aquel que vive prisionero de su propio mundo de castillos de dolor y de miedo, sueña, aunque sea, con un brevísimo instante de libertad, de búsqueda, de poder ser como aquél que sigue sus sueños. Sin embargo, cuando se ven enfrentados ambos, el que está atado repudia al libre, lo culpa, le desea mal.
Dejó caer sus ropas. Ya no hacían falta. Como no había hecho falta la comida. Una persona, sola, desnuda, sin ninguna de las ataduras del mundo de la carne, en medio del viejo pueblo. Se dejó desfallecer, y se permitió dejar ir esa última cosa que tiraba de su alma y no la dejaba ir: su existencia mortal. En el sueño eterno de la muerte encontró el fin de su viaje y encontró algunas de las respuestas que nosotros no conoceremos jamás, pero que algunos de nosotros continuaremos buscando, porque existimos en el crepúsculo entre la noche de las ataduras, y el radiante día de la búsqueda ciega. Y cuando encontremos tan solo una de esas respuestas que nos están vedadas, y no podemos encontrar, nos podremos permitir dejar ecapar algunas lágrimas, como hizo quien ingresó en el pueblo, cuando se dejó ir, y agradeció al Todo por esa existencia que pudo abandonar paso a paso.